Oda al estío rural

¿Dónde vas a pasar doce horas sin pisar por casa sin que tus padres o tu pareja se preocupen un solo instante por dónde te has metido y si estás bien?

¿Dónde, como padre, puedes abrir la puerta de casa y soltar a tus hijos en la calle hasta la hora de comer, de nuevo hasta la hora de cenar y volverlos a soltar dejando la puerta de casa abierta de par en par para que, mientras estás en el bar al fresquito con tus primos, ya no lejanos, remotos, tus hijos regresen a su hora para acostarse?

¿Dónde puedes circular con ocho ocupantes en un coche para recorrer los 1500 metros que separan el pueblo del río a las cuatro de la tarde, un 7 de Agosto; o los 4 kilómetros al pueblo de al lado, que está en fiestas, y ¡sálvese quien pueda para volver a las 8 de la mañana de aquel territorio hostil! que es el pueblo de al lado? Paradójicamente cuanta más gente en el coche menos posibilidades de ser multado pues más probabilidad de que alguno conozca a algún Guardia Civil de la zona.

¿Dónde puedes llamar alegremente ‘primooooo’ a tu primo quinto, sexto o nonagésimo, al que apenas conoces y ves cuatro días al año y hermanarte con él en un pogo, abrazo o melé a ritmo de Fiesta Pagana con tus padres, tíos, abuelos y más primos, mirándote?

¿Dónde puedes estar yendo a casa un segundín porque no llevas ni un euro encima y de repente estar llegando a casa borracho y cenado a las dos de la madrugada? En un pueblo el chato, el corto, el quinto, el embutido, el queso, el jamón… encuentran su máxima expresión en las bodegas, al igual que ese ‘Bueno, éste ya el último’ que a tantas buenas historias precede.

¿Dónde encuentran ya los críos palos, piedras, cajas, maderas, latas, cuerdas, botellas y demás cosas potencialmente peligrosas para Jugar? Y no hablo de jugar, como con la consola, los juguetes interpasivos, la Tablet o el Smartphone de los padres. No. Hablo de Jugar.

¿Dónde (y cuándo) vas a ver a tus padres más borrachos que tú? ¿Dónde vas a conceder un baile a una persona que te dobla en edad? ¿Dónde suenan ya Paquito el Chocolatero, la Bomba, o El Coyote?

¿Dónde puedes poner cara de Clint Eastwood cuando ves a alguien desconocido y referirte a él como El forastero?

¿Dónde vas a sentarte al lado de un señor mayor con el que careces de parentesco pero al que llamas tío, y que te cuenta una anécdota de un tal tu padre y que resulta que al final no es tan diferente a ti como creías, de hecho es bastante parecido a ti, es más, podrías ser tú cambiando sangría por calimocho? De lo que se llega a enterar uno…

Bodegueo vespertino amenizado por una charanga.
Bodegueo vespertino amenizado por una charanga.

Si no sabes de qué puñetas estoy hablando, amigo lector, profundamente te compadezco y te doy la bienvenida a un pueblo estándar. Puede que a estas alturas del texto ya desées irremediablemente formar parte de uno. No desesperes,  querido huérfano de pueblo, siempre puedes acudir a las fiestas como forastero.

La definición de pueblo aún suscita demasiadas controversias: si hay semáforos ya no se considera pueblo, si tiene más de 1500 habitantes, o simplemente si no se dan todas las anteriores situaciones previamente descritas; ahí entra el criterio de aquel que huye de la urbe buscando la Vida que solo un pueblo ofrece.

Creo que hay un factor supremo para distinguir a un pueblo: conoces a todo el mundo. Absolutamente a todos. Salir a la calle es un sinfín de saludos y gestos de cabeza. Obviamente, esto tiene sus inconvenientes. Si eres un niño las travesuras te van a salir caras, las vas a pagar. Todos saben de quién eres y alguien te va a ver SIEMPRE.

Con los adultos pasa igual. Una caida, una cogorza, un fracaso amoroso con una forastera, una broma… todo queda en el cuaderno de Bitacora del pueblo. En este aspecto hay una ventaja: todo se perdona en un pueblo. Existe una especie de ley del silencio, especialmente en fiestas. Todos en tu peña tienen algo que callar y que sería motivo de reiterado escarnio. Por eso esa noche saldrá toda esa maravillosa porquería y lloraréis de risa y mañana por la tarde cuando amanezcáis con gafas de sol callaréis y volveréis juntos a empuñar un quinto un día más en un nuevo ‘verano de tu vida’.

PD: No sé si habréis notado un factor común en bastantes de los casos que aquí relato. Y es que en el duro verano rural es muy importante hidratarse.

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