Cuando Vito Andolini dejó Corleone

Por Cesar Brito González  [@CesarBritoGlez]

La segunda entrega de la saga de «El Padrino», de Coppola, es una de mis películas favoritas. En una de las secuencias que más me gustan, un Vito Andolini – alias  Vito Corleone – de cortísima edad observa maravillado la silueta de la estatua de la libertad, que se yergue orgullosa sobre el mar y a la que también miran, extáticos, toda una pléyade de inmigrantes, delincuentes, buscavidas y seres humanos de diverso pelaje.

Apostados en la cubierta de un barco a rebosar, huyen del infortunio, la miseria, la desgracia, el hambre y la muerte, pues la ciudad de Nueva York es – o puede ser – un nuevo comienzo. La estatua de la libertad es el icono por antonomasia, una promesa de  prosperidad y oportunidades, un boleto en la tómbola del Gran Sueño Americano.

Yo no vi la luz en un perdido pueblo siciliano a principios del siglo XX. Más bien en una pequeña isla en el Atlántico, más cerca de África que de la península ibérica, a finales de los años 70. Al igual que el pequeño Corleone, provengo de una comunidad limitada, en muchos aspectos, con arraigadas y atávicas costumbres, provinciana, extraña para el observador imparcial, cerrada sobre sí misma, a veces chauvinista y – a pesar de todo ello – maravillosa en su exuberante simplicidad.

Mi estatua de la libertad particular fue la Plaza Mayor de Salamanca, en 1995. Superado el primer impacto – a lo síndrome de Stendhal – pude entender que la ciudad estaba llena de una serie de oportunidades y experiencias que, hasta entonces, a un isleño ignorante como yo le estaban totalmente vedadas. Por la Universidad, sí. Pero por muchas más cosas: ocio, amistad, viajes, amor, cultura, movilidad, cierto anonimato, diversidad… Libertad, en suma.

Desde entonces – y ya ha llovido – ésta ciudad y mi Corleone particular ocupan el mismo espacio en mi corazón. No puedo decidir si quiero más a papá o a mamá, si saben a lo que me refiero. Por eso he aprendido a amar Salamanca con todas sus virtudes y sus defectos.

En lo relativo a los defectos, el hecho de que haya aprendido a aceptarlos no quiere decir que esté ciego ante ellos y que no intente cambiarlos o, al menos, trate de aportar mi pequeño grano de arena para hacerlos soportables. Y, en mi humilde opinión de inmigrante, los defectos charros más graves son la autocomplacencia y la desidia.

Nadie va a cuestionar la belleza monumental de Salamanca, la importancia histórica de sus dos universidades – aunque los retos de futuro para ambas son harina de otro costal –, su más que envidiable calidad de vida y, en general, todo aquello que a un extraño como yo puede engancharle durante dos décadas.

Pero vivir anclado en estas verdades, que son inmutables, puede hacer que estemos obviando otras que no lo son: la vida, la sociedad, el mundo… cambia. Lo hace cada vez más y a mayor velocidad. Y una ciudad como ésta, que ha sido vanguardia en tantas cosas durante siglos… corre el peligro de perder el paso y no poder reengancharse a la carrera nunca más.

La ciudad envejece demográficamente de manera alarmante, la gente joven se marcha en busca de oportunidades que aquí se le niegan, el turismo no tiene visos de innovar o buscar modelos alternativos de explotación. El tejido industrial, cuando no brilla por su ausencia, tiembla con bases poco sólidas. ¿Es culpa de la crisis? ¿Tan mal hemos sabido aprovechar nuestras potencialidades? ¿Son nuestros políticos así de pésimos? Puede ser. Bueno, en realidad,así es. Pero no podemos echar balones fuera, porque todos tenemos parte de responsabilidad.

Salamanca hierve, aunque no lo vean. No todo es piedra de Villamayor, Catedral, embutido y fiesta loca los fines de semana. En esta ciudad hay multitud de colectivos de lo más variopinto e interesante que trabajan, casi siempre, en la sombra y en precario. A golpe de voluntad, soledad y pírricas victorias. Porque creen que en esta ciudad hay muchas oportunidades, si se quieren crear y aprovechar.

Lo mismo una asociación de vecinos que un colectivo de gente vinculada al teatro. Desde autores y creadores literarios y artísticos hasta músicos, geeks y tecnólogos, pasando por lectores empedernidos, maquetistas, informáticos, amantes de la recreación histórica y gastrónomos. Créanme, los conozco a casi todos. Hay mucha cultura de la buena, luchando por salir a la superficie.

Y no me malinterpreten. La capitalidad cultural europea de 2002 estuvo fenomenal, fue todo un sueño que muchos guardaremos en la memoria como irrepetible. Pero no va a volver. Por contexto socio económico y por devenir histórico. Si queremos crear en la ciudad un ambiente similar al de entonces debemos aunar esfuerzos. Todos, políticos y ciudadanos. Lo mismo que la Universidad no puede ser puntera hoy, como lo fue en el siglo XV sólo con el nombre, la ciudad no puede ser referente cultural en el país y en Europa sólo con desearlo.

Todos estos voluntariosos colectivos no pueden remar constantemente solos. Porque hasta la más férrea de las voluntades tiene un límite. Y perder todo ese capital humano, todo ese talento y ese entusiasmo es matar la cultura no oficial, que también es Cultura, con mayúsculas, y que conforma nuestro cemento como sociedad. No se trata de contraponer la cultura oficial, de institución y programa en tríptico, con esta otra más anárquica y pegada a la realidad, a las tendencias, a la tecnología. Al latir del S.XXI. Se trata de aunar ambas.

Tan sólo necesitamos querer que Salamanca no muera de tedio y nostalgia. Es tan fácil como mirar a nuestro alrededor y tratar de convertir treinta colectivos en uno solo. La corriente de cultura underground y amateur en la cultura que existe ADEMÁS de la que sobresale, al primer golpe de vista.

Necesitamos que el espíritu del 2002 reine en cada uno de los días del 2015. Y del 2016 y de todos los años que vengan. La ciudad no merece menos. Ustedes, como salmantinos, no merecen menos. Es cierto que hace falta una #MarcaSalamanca. Pero hay que trabajársela. Día a día. Y nadie va a hacerlo por ustedes. Si no se mueven del sofá, su hermosa ciudad terminará siendo un Corleone de pacotilla. Y créanme, no querrán que eso suceda, porque yo vengo de un sitio así y no es nada bonito. Les tocará huir, como hice yo.

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